Capítulo VIII

Las prendas del amor

- Dentro de algunas semanas
el invierno llegará.
Pues bien.
Otro invierno como tal,
en los meses que vendrán
a inmolar los que ahora son,
en un antiguo mesón
de fachada de madera
yo te debo de esperar.
Si aún entonces me quisieras
a buscarme volverás.

- ¿Por qué ese plazo tan largo?
Acaso crees que el amor,
sumergido en el letargo
de un helado corazón,
es como un plato de cena
que va al refrigerador
y está una semana entera,
aterido en la nevera,
manteniendo su sabor.

- No.
Mas tampoco es el amor
como una fruta tardía
que va perdiendo sabor
con el paso de los días.

- ¿Cómo te voy a encontrar,
cómo sabré que me esperas,
quién me dirá dónde estás?

- Si me buscas me hallarás
bailando junto a un piano
en una antigua ciudad
de melancólicos barrios
y edificios de cristal
que reflejan el metal
de los cuerpos que a diario
visten el escapulario
del “nací para triunfar”.

Constringidos en su afán
de ganar el cielo a nado,
inmigrantes alienados
que naufragan en la mar
donde pescan los diablos.

- Yo conozco esa ciudad
y otras muchas como esa,
mas no comprendo, Princesa,
por qué este juego mordaz,
por qué esta ruleta rusa,
por qué ofrecerles excusasa
a los dioses del azar.

- Porque así debe de ser:
lo que te pide mi alma,
si para entonces me amas,
me lo tienes que traer.

- Dime mujer lo que es.

- Que entonces me ofrezcas quiero
tela azul de terciopelo
de diamantes salpicada,
que en la noche cubra el cielo
y de día esté apagada.

Ambiciono que le ofrezcas
a mi descanso y amparo,
una morada de barro
que huela cual hierba fresca:
sin mármoles y sin fiestas,
con una higuera en el patio
para dormir bien la siesta.

Y con niños y con patos
y con una chimenea
y un sillón cómodo y tierno
donde el frío no nos vea
las largas noches de invierno.

También quiero que me traigas
dos perlas azul de cielo
grabadas con un “Te Quiero”
y que no pueda tocarlas.

Cuando las prendas consigas
para siempre seré tuya.
Yo no seré ave huya
ni tú halcón que me persiga.
Sólo seremos dos almas
en un anhelo fundidas.

Después de esto la gitana
muy despacio se alejó
dejando sobre la playa
una estela con su olor.

Él le gritó “no te vayas”
y ella un beso le lanzó
que le golpeó la cara.
Se le quedó en la mirada
el enigma de su boca,
su melena alborotada
huyendo en la madrugada,
cuerpo de muñeca rota.
Un adiós que no esperaba,
una melodía sin notas.

Ni la tierra de las tumbas
muestra más triste fachada
ni a la puerta del infierno
se llama con peor cara.

Porque ni la húmeda tierra
ni el diablo en su morada
sintieron nunca la llama
del amor que en dolor cambia
la dicha que dentro encierra.