El final
Al cabo de poco rato
de aquel local me marchaba.
Era una noche cerrada.
De llover no había dejado
y los charcos de la calle
las farolas reflejaban
y las paredes de adobe
brillaban como enceradas
por la luz de los faroles.
Del alero de un tejado,
oculto en un callejón,
pesadas gotas caían
que al pegar contra un tablón
en el silencio se oía
la monótona canción:
tic, tac, tic, tac, toc...
tac, tac, tic, tac, toc...
Ahora que el tiempo ha pasado
aquel gris atardecer
lo recuerdo con nostalgia.
Yo encontré lo que buscaba
y fui feliz muchos años.
Pero nunca he olvidado
ni aquellos hermosos ojos
ni aquel cabello rizado,
ni el ensueño imaginado
de aquellos palacios moros,
ni la voz de aquel anciano.
Máximo Herrera

Un tipo llega a un mesón con la intención de beber y olvidar. Allí se le presenta un viejo que, a cambio de una jarra de vino, le cuenta una historia. Ambos son hombres solitarios y bebedores solventes. La madrugada, el alcohol y la música los hermana durante unas intensas horas.
El anciano se percata de las ardientes miradas que su compañero de mesa dedica a la chica, una gitanilla, que está bailando sobre el escenario. Es entonces cuando se inicia el relato de una tensa historia de amor cuyo desenlace tiene lugar esa misma noche en ese mismo mesón.

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