El reencuentro
- Ya casi un año ha pasado
de aquella noche lejana
y en esta rancia posada,
donde hoy nos encontramos,
esta noche se han de unir
los que entonces se alejaron.
- ¿Cómo sabe que es aquí;
esta fecha, este mesón?
- Hace tres noches con hoy,
que a este sitio estoy viniendo
y ya por seguro doy
que uno que esta allí bebiendo,
en las sombras ocultado,
es el hombre del que estoy
esta historia relatando.
En verdad así lo fue.
Se levantó de mi mesa
y se acercó junto a él.
Le acarició la cabeza
alborotándole el pelo.
Prendido de su mirada
confesó que arrepentido
penitente sin consuelo
por su ausencia se encontraba.
Le dijo con voz quebrada:
- Nunca dejarte debí
que de casa te marcharas.
Fue mi orgullo el culpable
de que, en aquel tiempo pasado,
de mi hijo renegara
sintiéndome enajenado.
Mas hoy sé que bien está
aquello que bien acaba;
Perdóname y ven acá
que quiero darte un abrazo.
Confuso quedó su hijo
temiendo no recordarle
y susurrándole dijo,
con voz temblorosa, - ¡Padre!
Ambos en pie se encontraban
y en sendos vasos de vino
su perdida unión buscaban.
Hablaban de que el destino
separa y junta caminos
como el mar gotas de agua.
La muchacha se unió a ellos
cuando su baile acababa
y los ojos los llevaba
de densas lágrimas llenos.
¡Qué emoción la de ese instante!
Cuánto se pueden decir
sin hablarse los amantes.
Es un pico de existencia
que justifica existir.
Es la vida en esencia
ese momento feliz.
Él la tomó entre sus brazos
y con fuerza la besó.
Fue este un beso apasionado,
un beso lleno de amor,
un beso cuyo calor
justificó las penurias
de los momentos pasados
entre tantas desventuras.
Un beso de los que sólo
se da uno en una vida.
Un bálsamo, un tesoro,
un encanto para el alma.
Un beso de los que salvan
a un hombre de su agonía.
Después de ese eterno instante
se separaron un metro.
Ella, le observó expectante.
Él, la contemplaba quieto.
Y sus ojos la miraron
de tan forma y tal manera
que si hubieran sido dientes,
empezando por los labios,
se la habrían comido entera.
Ella le dijo que hacía
semanas que lo esperaba
y el joven con simpatía
le rogó que se callara.
Le contó que había vagado
por las torpes liviandades
de los parajes reinados
por los dioses iracundos.
Que no era tan grande el mundo
ni tan grandes sus ciudades.
Que había visto confundirse
el oro con vil escoria
y en las cimas de la gloria
sintió las atrocidades
donde suelen redimirse
las grandezas de la historia.
Que el mundo le había curado
de sus vicios y sus males
y que en el tiempo había ahogado
sus ya pagados pecados
y encontró sus ideales.
Le dijo que aquellas prendas,
que aquella noche lejana
en aquella oscura playa,
le pidió que le trajera,
habían sido para él,
el motivo de su fe
y la cura de sus penas.
Que aquel azul terciopelo
de brillantes salpicado
era un estrellado cielo
una noche de verano.
Que una casa había comprado
en un olvidado valle
de una verde serranía,
donde juntos vivirían
hasta que el tiempo se pare.
Y que las azules perlas
sus azules ojos eran
y había en ellos un “Te Quiero”
grabado a sangre y a fuego
para que ella lo leyera.
Los tres cogidos del brazo
juntos del mesón salieron.
Yo volví a llenar mi vaso
y a luchar con mis recuerdos.
Aquel reencuentro, aquel beso,
endulzó mi ánimo amargo.
Sin prisa apure mi trago
y un brindis gasté por ellos.

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