Capítulo VII

Una noche en una playa

Al filo de un par de años,
en unas fiestas que antaño
se celebraban en Huelva,
bailando sobre la arena
los aires de aquella juerga,
el caballero encontraba
a la muchacha morena
que su sueño desvelaba.

Él parecía cansado,
más maduro y sosegado.
Ella con indiferencia
no recordarle fingió.
Pero la lánguida esencia
de tristeza en su mirada
desvelaba que era amor
lo que su alma embargaba.

Se tornaron sus mejillas
de un púrpura bermellón.
Le temblaron las canillas.
La sangre se aceleró
y tañía su corazón
un ritmo de sofocón
cantando que enamorada
se encontraba la chiquilla.

Durante un eterno instante
a los ojos se miraron.
Él la tomó de las manos
y la besó vacilante.

Ella retiró la cara
dejándole en el aliento
carcajadas de bromuro
y su voz casi un susurro
dejó escapar un “te quiero”
que tras rasgar su garganta
quedó enganchado en el pelo,
deshilachado y moreno,
de su gitanilla amada.

Quiso por capricho el cielo
unas gotas derramar
que brillaron en el suelo
cual burbujas de metal.

En el malecón vacío
la arena desprendió
ese inconfundible olor
de la lluvia en el estío.

Él volvió a agarrar sus manos
y fijando la mirada
de los ojos de su amada
le dijo con entusiasmo:

- Hace ya casi dos años
que te alejaste de mí.
Aún el tiempo no ha curado
los desgarros del engaño
que aquella noche sentí.

-Aquello queda muy lejos:
yo nada te prometí.

- Aún recuerdo tu perfil
reflejado en el espejo.

- Mejor te olvidas de mí.

- Tal vez no puedo.
Tengo en el alma una herida,
un fuego que me devora
y un corazón que me llora
y que me arranca la vida.

Un fuego que tú encendiste.
Apágalo por favor,
que aquel placer que me diste
me está matando de amor.

El día que te marchaste
detrás de tí yo me fui.
Te busqué por todas partes
mas contigo yo no di.

Te busqué por las aldeas,
por los campos y los valles,
por el monte y las praderas,
por los pueblos y sus calles.

Para bien o para mal
ha sido hasta hoy mi sino
seguirte por los caminos
cual errante peregrino
que va en pos de un ideal.

- Por todos esos caminos
por los que tú me buscabas
yo de evitarte trataba
pues miedo de ti sentía,
miedo de tu amor tenía,
temor de que enamorada
me viera de ti algún día

.- Miedo por qué has de tener
si aquello tu desees
con el alma te daré:
puedo vestirte de oro,
regalarte mil tesoros,
de joyas cubrirte puedo
y un palacio compraré,
el más grande y el más bello
que exista en el mundo entero,
para que vivas en él.

Tendremos treinta sirvientes...

- Mas no es eso lo que quiero
ni me sirven de aliciente
tus dádivas de bisutero.

- Dime entonces qué deseas,
que comprenderte no puedo.
Yo te ofrezco lo que tengo
y te lo doy sin reservas,
sin chantaje inoportuno,
sin urgencias ni recelos.
A cualquier mujer del mundo
se la haría feliz con menos.

- Ya sé que no me comprendes
y esto es lo que nos separa.
Yo no te he pedido nada
de esto que ahora me ofreces.
No me importa tu dinero.
¿No ves que no lo deseo?
No me compres con trofeos.
Sólo ofréceme en tu alma
un rincón con almohada
donde descansar mi peso.
No me pidas que te cambie
mi libertad por tu bolsa
que resulta tan pesada
y no me hará más dichosa.

Mejor déjame que baile
esta nueva madrugada.
¿No consigues entender
que no quiero ser tu esclava?

- Nunca te quise ofender.
Siempre te mostré mis cartas,
mis anhelos y deseos
frente a frente, cara a cara.
Fui generoso y sincero.
Otra oportunidad quiero;
dime pues que debo hacer.

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