Capítulo VI

La búsqueda

A la mañana siguiente,
cuando escapó el caballero
de los brazos de Morfeo,
con resaca de aguardiente
y una fruición de trofeo
con carmín entre los dientes,
descubrió el contorneo
perfilado en el espacio
de unas caderas ausentes.

Ella no estaba con él.
La buscó por el palacio
pero ella no estaba en él.
La buscó por el jardín,
pero ella no estaba allí.

Se marchó de madrugada
siguiendo el mismo camino
por el que horas antes vino
y que termina en Granada.

Desde la mañana aquella
nunca volvió a ser el mismo.
No hablaba más que de ella;
siempre preso a una botella
la fe sólo halló en el vino.

Renegué de ser su padre
y a los que me preguntaban
que mi hijo, cómo estaba,
siempre igual les respondía:
“Para mi hijo ya es tarde...
Tal vez que lo fue algún día”.
Mas para mí muerto estaba.

Él abandonó su casa
y parte de su fortuna
la gastó sólo en buscarla.
Tras la estela de la luna
alcanzó todas la plazas.
Por mil caminos anduvo,
paró en todas las aldeas
y en los pueblos se detuvo,
de taberna en taberna,
preguntándole a la gente
si habían visto a una morena
gitanilla que bailaba
las canciones del oriente.

No hubo mesón ni posada
que a preguntar no pasara.
No hubo senda ni camino
que no peinara buscándola.

Caminó entre los molinos
de la mancha castellana.
Durmió bajo los hórreos
de la Galicia empapada.
Se perdió en los villorrios
de las sierras asturianas.

Allende nuestras fronteras
vio ríos de aguas heladas.
Habló lenguas extranjeras
y cuando no halló morada
durmió sobre las esteras
que llevaba a sus espaldas.

Y buscó sus negros ojos
en las nocturnas pensiones
de las veladas insomnes
empapeladas de rojo.
Y su melena rizada
en las olas plateadas
que cardan la mar serena
con rizos de espuma y agua.

Laboró de gondolero
los canales de Venecia.
Fue cantante de boleros
cinco semanas en Grecia.
Lo vieron en Indonesia
ejerciendo de torero.
Hay quien dice que en la Habana
combatió de guerrillero
y fue Teniente Primero
de un médico al que llamaban
Comandante Che Guevara.

Un año después lo vieron
beber de nuevo las mieles
del éxito y del dinero
haciendo de telonero
del mismísimo Elvis Presley.

Circunvaló el mundo entero
y dejó en todas partes
la memoria de su arte,
amigos y compañeros.

Sin más fortuna ni ropa
que lo que llevaba encima,
se volvió después a Europa
para ganarse la vida
de estibador en un puerto.

Durmiendo en una ciénaga,
en el norte de Bulgaria,
cayó enfermo de malaria
y estuvo seis días en cama.

Un humilde labrador,
que estaba el campo aventando,
fue quien su vida salvó:
entre el barro lo encontró
de las fiebres delirando
y a su casa lo llevó.

A la sexta noche en cama
se le apareció una dama
engalanada de negro, c
on la piel de porcelana
y los ojos como el fuego.

-¿Quién eres? Espectro inerte
¿Qué es lo que quieres de mí?

-Soy la dama de la muerte.
Y me han mandado a por ti.

- ¿Tan pronto me llega el fin?
Aún tengo cosas que hacer.
Aún no he vivido bastante.

- Allá arriba hay quien cree
que estás buscando matarte
y he venido por si acaso
pudiera en eso ayudarte.

- Quiero vivir. Hazme caso:
regresa más adelante.

- Como mandes, mas recuerda
que ya está tensa la cuerda
que te aprisiona el gaznate.

- No me agobies con monsergas:
para vivir nunca es tarde.

Se incorporó al momento
en el lecho sudoroso
para escapar al tormento
de aquella sombra que el viento
del delirio vaporoso
le metió en el pensamiento.

De pie junto a la ventana
esperó el nuevo día
que sigue a la madrugada.
Supo que el sol que salía,
en aquella tierra extraña,
era el mismo que lucía
en su amada Andalucía.

Y a la mañana siguiente
se regreso para España
tras despedirse de gente
a quien la vida adeudaba.

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