Nace una bella mañana
Al albor de la mañana
se despertaron las flores.
¡Era una bella mañana!
Cantaban los ruiseñores
posados en los jazmines.
Volaban por los jardines
mariposas de colores.
¡Las más bellas mariposas!
El aire se respiraba,
bajo aquel cielo azulado,
fresco, limpio y perfumado
con el aroma de rosas
que del jardín emanaba.
En el fondo del estanque
el astro rey sesteaba
y las aguas se mostraban
traslúcidas cual diamantes.
¡Cuánto recuerdo esos años
que ya nunca volverán!
Y que en mi pecho, hoy anciano,
grabados un día quedaron
para nunca regresar.
- Entonces le pregunte:
¿Usted vivió aquel ayer?
- Sí.
- ¿Y lo conoció a él?
- Sí -apenado me dijo-.
Era mi hijo.
Interpreté por sus gestos
lo que sufría su alma
naufraga de amor, de afecto,
mohína y atormentada.
Fue evidente que lloraba.
Brotaron densas lágrimas
que encharcaron su mirada
de cristalino azulado.
No quise yo decir nada
viéndolo en aquel estado.
Sé por propia experiencia
que los males de conciencia
duelen más cuando han curado.
Alzó su cabeza al punto
y algo en sus ojos brillaba.
Me dijo con voz callada:
- Me parece que fue ayer
que ocurrió todo este asunto.
Cuando el tiempo no importaba.
Cuando jugábamos juntos
las partidas de ajedrez
y se pasaban las horas
entre racimos de moras
y botellas de jerez.
- Sígame contando pues
con respeto le rogué,
si es que se puede saber
en qué concluye esta historia
que en ascuas me tiene usted.
- Te contaré cuanto sé,
me respondió animado,
si a ello accede mi memoria.
Mas es un cuento alargado;
luego no me lo reproches.
- Nada tengo ya que hacer
salvo escucharle esta noche.
- Cara virtud la paciencia.
Sírveme más de beber
y descubrirás el broche
de esta historia de reproches,
quimeras y penitencias.
- ¿Hay aquí un final feliz?
Pregunté.
- No lo sé. Tal vez sí,
respondió.
Su vaso llené otra vez
de aquel vino peleón.
Comenzó el viejo a beber
y el cuento continuó.

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