Capítulo IV

La madrugada

La noche ya se acababa.
Se apagaban las estrellas
y en los cielos clareaba
una aurora que anunciaba,
con su luz pálida y bella,
que estaba llegando el alba.

Selene en el firmamento
el horizonte buscaba
para agotar su jornada
de celeste movimiento
y acomodarse en las sábanas
de la otra cara del tiempo.

Sobre las flores brillaban
frescas gotas de rocío
y en esta y aquella rama
los pajarillos trinaban
sus canciones al vacío
de la nueva madrugada.

Otra vez se repetía
el milagro de la luz;
el reino del nuevo día
barría con su derroche,
sobre las tierras del sur,
a las sombras de la noche.

Todo se sueña a esas horas
frontera de madrugada:
pesadillas con hogueras,
mujeres enamoradas,
inalcanzables quimeras
como de cuento de hadas.

El caballero soñaba:
" ¡Me ama, sé que me ama!
Lo he leído en su mirada.
Lo lleva escrito en la cara.
Espera, aun no te vayas
que quiero tenerte cerca,
que aún la noche no se acaba,
que aún queda mucha batalla,
que aún vive la madrugada.
Escucha, es el ritmo de mi alma
ese trinar que desgarra
los silencios y la calma.
Créeme, el reino del nuevo día
no ha llegado todavía".

Una joven caminaba
por los desiertos pasillos.
La habitación que buscaba
la penetró con sigilo.

La puerta abrió con cuidado
y tras pasar la cerró
sin que sonara el pistillo
ni crujiera el pasador.

Se desprendió del vestido,
que era un níveo camisón,
y un momento contempló
al hombre que descansaba
sobre la cama dormido.

Se deslizó entre las sábanas
rozándole con las nalgas
y acariciando su cara
depositó entre sus labios
un beso de mermelada.

Con la palma de la mano
el pecho le acarició.
El hombre se incorporó
creyendo que aún soñaba.

Cuando la vio junto a él,
desnuda como una diosa
importada del Edén,
y sintió en la piel su piel,
textura maravillosa,
fragancia de olor de rosas
arrancadas de un vergel,
creyó morir de placer
y quiso gritar de amor.
Mas cuando hablar intentó
con un beso la mujer
ahogado el verbo dejó.

Lo que de noche quedaba
lo disfrutaron unidos
y aquellas cuatro paredes
que la habitación formaban
fueron los mudos testigos
de lo que dentro pasaba.
Ah¡ Si las piedras hablaran.

Cuántas noches de amoríos
han vivido aquellas piedras.
Cuántos ecos se han fundido
en esas paredes quietas.
Cuántos rumores de besos,
cuántas risas, cuántas quejas,
cuántas súplicas, cuántos rezos,
cuántos juramentos viejos
y cuántas nuevas promesas.

Noches de amor que han pasado
y que se recuerdan siempre;
son ausencias de lo amado
las nostalgias del presente.

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