Fiesta palaciega
-Hace tiempo conocí
a un hombre que se perdió,
exacerbado de amor
en un loco frenesí,
por esos inmensos ojos
melancólicos y bellos,
por esos negros cabellos,
por esos labios tan rojos.
Cuentan que era de los hombres,
de aquella tierra salobre,
el más apuesto y galán
y que su hacienda era tal
que a oriente de Andalucía,
donde más bella es la mar,
un palacio poseía,
blanco, esbelto y colosal,
como en España no había.
Eran famosas las fiestas,
con pantomima y orquesta,
que en las noches de verano
en el palacio se daban
y cuentan que las mujeres
que a los ojos lo miraban
enamoradas quedaban,
como si mágica mano,
marioneta del budú,
con la magia de alfileres
y hechizos de Belcebú,
con amor las cautivara.
La pasión se le asomaba
por las niñas de los ojos.
Las mujeres lo adoraban
y él dejaba que lo amaran
sin sentir pena ni gozo.
Los viejos del mentidero
dicen que su amor sufrieron
desde la noble duquesa
a la humilde campesina.
Y en su piso de París,
que habitaba en primavera,
por amante y por vecina
tuvo a una joven princesa
un lluvioso mes de abril.
Era la noche un poema.
Brillaba clara una luna
que con rayos de tintura
pintaba una mar serena.
Se escuchaban a lo lejos
las olas sobre la arena,
cual mujer que en un espejo
solloza de amor su pena
derramando ante el reflejo
lágrimas de amor que queman.
Los frescos azahares
en la noche parecían
fantasmas que se mecían
con la brisa de los mares.
En el aterciopelado cielo
de la lejana bahía
las luces asemejaban
luciérnagas que se batían
en un lago reflejadas.
De fiesta el palacio estaba.
Festejaba el caballero
treinta años de soltero
y por su suerte brindaba.
Reunió en aquella jarana
amigos y compañeros,
cantaores de Triana,
trovadores y palmeros,
maestros de la guitarra
y para que le bailara,
una muchacha gitana
de hermoso cabello negro.
Mas pasó lo que le cuento:
la noche que estaba en calma
fue presa de un dios sediento
que devoraba las almas
de las gráciles palmeras
que se rendían al viento,
como faldas de rameras
que en las esquinas esperan
besos de una billetera
que no les pida descuento.
Primero fueron los finos.
Después se sirvió la cena,
que fue regada con vino
y con jarras de cerveza.
Se asaron cincuenta ocas,
diez besugos con tomate
acompañados de sopa
y marisco de Barbate.
Tampoco faltó la coca
ni el hachís ni el chocolate
ni las imágenes mate
que la endofasia provoca.
Luego copas de licores.
Más tarde champán francés
y entre vítores y olés
se escucharon los clamores
del carnaval del placer.
Fue una orgía que hizo historia
de exagerada carátula.
Muchos años recordada
por las gentes del lugar
como la Gran Bacanal,
como la juerga más cara,
como el jolgorio más crápula
del que se guarda memoria.

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