Capitulo III

Torpe deseo

Alejados de este ambiente,
en un salón del palacio
decorado en sus espacios
con tapices del oriente,
danzaba aquella gitana,
a ritmo de sevillanas,
las notas de una impaciente
guitarra destartalada
que tocaba un indolente
gitanillo de Granada.

Un único espectador
admiraba aquella escena
que provocaba en sus venas,
con fuego arrebatador.
Y la mecha del alcohol,
siempre corto hilo de seda,
hizo saltar el tapón
que reprime la pasión
de las humanas miserias.

Vencida la condición
que los instintos ordena
se convierte la razón
en transparente albadena
que desgarra el corazón.

Fue entonces que el caballero
en un arranque cruzó
desde su sofá de cuero
hasta el centro del salón.
De un trago vació su copa
y tras ésta llenó otra
que de un golpe se bebió.

Sus ojos por un instante
adquirieron la expresión
perdida y amenazante
de un chiflado delirante
de perversa condición.

Pinchó un disco de Sinatra
y encomendándose al cielo
arrojó la copa al suelo
y se aflojó la corbata.

Se aproximó a la muchacha
como ráfaga de escarcha
mientras gritaba al gitano
que la sala abandonara
con su guitarra en la mano.

¡Vete a tocar a otro lado
tu música condenada!
Le dijo con la mirada
del que se mantiene esclavo
de un dios surgido del barro
y henchido de sangre humana.

Salió el muchacho corriendo
cual arrepentida alma
que en oscura noche en calma
va el diablo persiguiendo.

Y Apenas abandonado
la sala el gitano había,
el caballero a la dama
le dijo con ironía:
“Nena se acabó el baile”
y de un tirón del vestido
dejó sus pechos al aire,
que danzaron divertidos,
con los pezones erguidos,
una danza donde nadie
se sintió jamás culpable;
donde el reino de Cupido,
en fuegos crepusculares,
forja flechas singulares
de metales esculpidos.

Cuentan que intentó besarla
y que ella de mala gana
un beso le consintió,
mas al sentir su calor
abrasador en la cara,
un beso no le bastó
y comenzó a desnudarla.

La gitanilla asustada
un paso retrocedió.
Su ropa medio rasgada
como supo se arregló.
Iracunda se cubrió
la desnudez de sus pechos
y armada con el despecho
del ultraje de su honor,
al osado caballero
tal bofetada le dio
que su estado de embriaguez
del golpe se espabiló.

El orgullo se tragó
cuatro dedos en su piel
de un mano de mujer
que el labio le reventó.

Se hizo el silencio en la sala.
El caballero callaba,
también callaba la dama
y ni el canto de los grillos
ocultos en los pasillos
de los jardines de entrada,
aquel silencio turbaba.

Gravemente el caballero
sacó de su americana
una cartera de cuero
con iniciales de nácar;
torpemente con dinero
comprar quiso a la muchacha.
Ella se sintió ofendida,
humillada, ultrajada,
una vez más atrapada
en los fraudes de la vida.
Otra vez decepcionada
por humanas fullerías.

Las palabras que siguieron
hasta el cielo las oyó,
cuando en mitad de aquel duelo
de pasiones y deseos
la gitana le gritó:
- " ¿Acaso te crees tú Dios?
Guarda ese sucio dinero
que no disfruta mi amor
un hombre a quien yo no quiero.
Que tú no puedes comprar
lo que más que el oro vale:
búscate una zurcía y dale
de billetes un manojo
que amor ella te ha de dar
hasta que ahíto tu antojo
de indigesto celofán
lo vomites por los ojos".

Con estas duras palabras
salió de la habitación
y al llegar hasta la entrada
que separaba el salón
de un pasillo oscuro y frío,
como si la fuera puerta
la culpable de aquel lío,
con tal fuerza la cerró
que temblaron en las huertas
los limoneros en flor.

Quedó el hombre pensativo,
resignado, arrepentido,
sereno, dubitativo,
con el dinero en la mano
quemándole como un ascua,
con el labio ensangrentado,
con el pensamiento en Babia.
Y tragándose su orgullo
se marchó hacia su aposento,
quedose el palacio mudo
y en los cristales el viento
.

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