Capitulo I

La guarida del amor

La historia que voy a contar
sucedió un atardecer.
Silbaba iracundo el viento.
Volvía de nuevo a llover

sobre el asfalto grasiento
de las calles de mi ayer.

Huyendo de mis fantasmas
quise en la noche encontrar
alguien con quien compartir
el vino y la soledad.

Llegué a un antiguo mesón
en un sótano escondido.
Ante una rústica mesa,
bajo la luz de un farol,
mis recuerdos, mis promesas
y mis amores perdidos
naufragando en el olvido
de las primeras certezas.

La mezcla de tenue luz
con nubes de niebla azul,
caldeaba hasta detonar
la atmósfera del local,
de susurros y de risas
que me parecieron misas
en honor de un dios frugal.

En un oscuro rincón,
más que hombre sombra difusa,
un anciano con bastón
sumergía en el alcohol
los duendes de la razón
que escapan por las exclusas
que dan aire al corazón.

Al final de la mampara,
que barra y salón separa,
había un viejo piano
y un negro al piano había
y una vieja melodía
tocaban sus negras manos.

Y más allá del piano,
donde la luz era clara,
una muchacha bailaba
la música que tocaba
aquel músico cubano.

El fuego de su mirada
quemó el iris de mis ojos;
luceros de madrugada
que me hicieron desear
beberme sus labios rojos
de pecado original.

Y eternamente pecar.
Y redimirme a su antojo
esclavo de los despojos
de su perfume fatal.

Por mi frente descendían
turbias gotas de sudor,
cual arroyo de agua fría
que apagar quiere el ardor
que mis venas encendían.

Los encajes de su falda
parecían en la noche
la luz que atraviesa un broche
de pulidas esmeraldas;
calidoscopio de malvas
sin pesares ni reproches
donde se vuelca en derroche
su erótica desatada.

Ella, bailaba y reía.
Yo, bebía y la miraba.
Mentiría si ocultara
que mis antiguas heridas
traté con vino de ahogarlas.
Mas soñé que me quería;
¡delirios de madrugada!

Cuando más absorto estaba
contemplando a la muchacha,
el anciano del rincón
a mi mesa se acercó
como un ánima azorada
que atraviesa mala racha.

Me rogó que le invitara
y yo le pagué una jarra
de clarete de pitarra.
Con disculpas confesó
que aquel vino le aclaraba
su cansada y ronca voz
por los años maltratada.

Apenas había bebido
de vino medio jarrón
su voz se tornó un silbido,
sus ojos centellearon
y acariciando su vaso
esta historia me narró.

De los detalles del caso
que en su memoria brotaron
os cuento algunos retazos.
Otros me los guardo yo

Capítulo II

Fiesta palaciega

-Hace tiempo conocí
a un hombre que se perdió,
exacerbado de amor
en un loco frenesí,
por esos inmensos ojos
melancólicos y bellos,
por esos negros cabellos,
por esos labios tan rojos.

Cuentan que era de los hombres,
de aquella tierra salobre,
el más apuesto y galán
y que su hacienda era tal
que a oriente de Andalucía,
donde más bella es la mar,
un palacio poseía,
blanco, esbelto y colosal,
como en España no había.

Eran famosas las fiestas,
con pantomima y orquesta,
que en las noches de verano
en el palacio se daban
y cuentan que las mujeres
que a los ojos lo miraban
enamoradas quedaban,
como si mágica mano,
marioneta del budú,
con la magia de alfileres
y hechizos de Belcebú,
con amor las cautivara.

La pasión se le asomaba
por las niñas de los ojos.
Las mujeres lo adoraban
y él dejaba que lo amaran
sin sentir pena ni gozo.

Los viejos del mentidero
dicen que su amor sufrieron
desde la noble duquesa
a la humilde campesina.
Y en su piso de París,
que habitaba en primavera,
por amante y por vecina
tuvo a una joven princesa
un lluvioso mes de abril.

Era la noche un poema.
Brillaba clara una luna
que con rayos de tintura
pintaba una mar serena.
Se escuchaban a lo lejos
las olas sobre la arena,
cual mujer que en un espejo
solloza de amor su pena
derramando ante el reflejo
lágrimas de amor que queman.

Los frescos azahares
en la noche parecían
fantasmas que se mecían
con la brisa de los mares.
En el aterciopelado cielo
de la lejana bahía
las luces asemejaban
luciérnagas que se batían
en un lago reflejadas.

De fiesta el palacio estaba.
Festejaba el caballero
treinta años de soltero
y por su suerte brindaba.

Reunió en aquella jarana
amigos y compañeros,
cantaores de Triana,
trovadores y palmeros,
maestros de la guitarra
y para que le bailara,
una muchacha gitana
de hermoso cabello negro.

Mas pasó lo que le cuento:
la noche que estaba en calma
fue presa de un dios sediento
que devoraba las almas
de las gráciles palmeras
que se rendían al viento,
como faldas de rameras
que en las esquinas esperan
besos de una billetera
que no les pida descuento.

Primero fueron los finos.
Después se sirvió la cena,
que fue regada con vino
y con jarras de cerveza.
Se asaron cincuenta ocas,
diez besugos con tomate
acompañados de sopa
y marisco de Barbate.

Tampoco faltó la coca
ni el hachís ni el chocolate
ni las imágenes mate
que la endofasia provoca.

Luego copas de licores.
Más tarde champán francés
y entre vítores y olés
se escucharon los clamores
del carnaval del placer.

Fue una orgía que hizo historia
de exagerada carátula.
Muchos años recordada
por las gentes del lugar
como la Gran Bacanal,
como la juerga más cara,
como el jolgorio más crápula
del que se guarda memoria.

Capitulo III

Torpe deseo

Alejados de este ambiente,
en un salón del palacio
decorado en sus espacios
con tapices del oriente,
danzaba aquella gitana,
a ritmo de sevillanas,
las notas de una impaciente
guitarra destartalada
que tocaba un indolente
gitanillo de Granada.

Un único espectador
admiraba aquella escena
que provocaba en sus venas,
con fuego arrebatador.
Y la mecha del alcohol,
siempre corto hilo de seda,
hizo saltar el tapón
que reprime la pasión
de las humanas miserias.

Vencida la condición
que los instintos ordena
se convierte la razón
en transparente albadena
que desgarra el corazón.

Fue entonces que el caballero
en un arranque cruzó
desde su sofá de cuero
hasta el centro del salón.
De un trago vació su copa
y tras ésta llenó otra
que de un golpe se bebió.

Sus ojos por un instante
adquirieron la expresión
perdida y amenazante
de un chiflado delirante
de perversa condición.

Pinchó un disco de Sinatra
y encomendándose al cielo
arrojó la copa al suelo
y se aflojó la corbata.

Se aproximó a la muchacha
como ráfaga de escarcha
mientras gritaba al gitano
que la sala abandonara
con su guitarra en la mano.

¡Vete a tocar a otro lado
tu música condenada!
Le dijo con la mirada
del que se mantiene esclavo
de un dios surgido del barro
y henchido de sangre humana.

Salió el muchacho corriendo
cual arrepentida alma
que en oscura noche en calma
va el diablo persiguiendo.

Y Apenas abandonado
la sala el gitano había,
el caballero a la dama
le dijo con ironía:
“Nena se acabó el baile”
y de un tirón del vestido
dejó sus pechos al aire,
que danzaron divertidos,
con los pezones erguidos,
una danza donde nadie
se sintió jamás culpable;
donde el reino de Cupido,
en fuegos crepusculares,
forja flechas singulares
de metales esculpidos.

Cuentan que intentó besarla
y que ella de mala gana
un beso le consintió,
mas al sentir su calor
abrasador en la cara,
un beso no le bastó
y comenzó a desnudarla.

La gitanilla asustada
un paso retrocedió.
Su ropa medio rasgada
como supo se arregló.
Iracunda se cubrió
la desnudez de sus pechos
y armada con el despecho
del ultraje de su honor,
al osado caballero
tal bofetada le dio
que su estado de embriaguez
del golpe se espabiló.

El orgullo se tragó
cuatro dedos en su piel
de un mano de mujer
que el labio le reventó.

Se hizo el silencio en la sala.
El caballero callaba,
también callaba la dama
y ni el canto de los grillos
ocultos en los pasillos
de los jardines de entrada,
aquel silencio turbaba.

Gravemente el caballero
sacó de su americana
una cartera de cuero
con iniciales de nácar;
torpemente con dinero
comprar quiso a la muchacha.
Ella se sintió ofendida,
humillada, ultrajada,
una vez más atrapada
en los fraudes de la vida.
Otra vez decepcionada
por humanas fullerías.

Las palabras que siguieron
hasta el cielo las oyó,
cuando en mitad de aquel duelo
de pasiones y deseos
la gitana le gritó:
- " ¿Acaso te crees tú Dios?
Guarda ese sucio dinero
que no disfruta mi amor
un hombre a quien yo no quiero.
Que tú no puedes comprar
lo que más que el oro vale:
búscate una zurcía y dale
de billetes un manojo
que amor ella te ha de dar
hasta que ahíto tu antojo
de indigesto celofán
lo vomites por los ojos".

Con estas duras palabras
salió de la habitación
y al llegar hasta la entrada
que separaba el salón
de un pasillo oscuro y frío,
como si la fuera puerta
la culpable de aquel lío,
con tal fuerza la cerró
que temblaron en las huertas
los limoneros en flor.

Quedó el hombre pensativo,
resignado, arrepentido,
sereno, dubitativo,
con el dinero en la mano
quemándole como un ascua,
con el labio ensangrentado,
con el pensamiento en Babia.
Y tragándose su orgullo
se marchó hacia su aposento,
quedose el palacio mudo
y en los cristales el viento
.

Capítulo IV

La madrugada

La noche ya se acababa.
Se apagaban las estrellas
y en los cielos clareaba
una aurora que anunciaba,
con su luz pálida y bella,
que estaba llegando el alba.

Selene en el firmamento
el horizonte buscaba
para agotar su jornada
de celeste movimiento
y acomodarse en las sábanas
de la otra cara del tiempo.

Sobre las flores brillaban
frescas gotas de rocío
y en esta y aquella rama
los pajarillos trinaban
sus canciones al vacío
de la nueva madrugada.

Otra vez se repetía
el milagro de la luz;
el reino del nuevo día
barría con su derroche,
sobre las tierras del sur,
a las sombras de la noche.

Todo se sueña a esas horas
frontera de madrugada:
pesadillas con hogueras,
mujeres enamoradas,
inalcanzables quimeras
como de cuento de hadas.

El caballero soñaba:
" ¡Me ama, sé que me ama!
Lo he leído en su mirada.
Lo lleva escrito en la cara.
Espera, aun no te vayas
que quiero tenerte cerca,
que aún la noche no se acaba,
que aún queda mucha batalla,
que aún vive la madrugada.
Escucha, es el ritmo de mi alma
ese trinar que desgarra
los silencios y la calma.
Créeme, el reino del nuevo día
no ha llegado todavía".

Una joven caminaba
por los desiertos pasillos.
La habitación que buscaba
la penetró con sigilo.

La puerta abrió con cuidado
y tras pasar la cerró
sin que sonara el pistillo
ni crujiera el pasador.

Se desprendió del vestido,
que era un níveo camisón,
y un momento contempló
al hombre que descansaba
sobre la cama dormido.

Se deslizó entre las sábanas
rozándole con las nalgas
y acariciando su cara
depositó entre sus labios
un beso de mermelada.

Con la palma de la mano
el pecho le acarició.
El hombre se incorporó
creyendo que aún soñaba.

Cuando la vio junto a él,
desnuda como una diosa
importada del Edén,
y sintió en la piel su piel,
textura maravillosa,
fragancia de olor de rosas
arrancadas de un vergel,
creyó morir de placer
y quiso gritar de amor.
Mas cuando hablar intentó
con un beso la mujer
ahogado el verbo dejó.

Lo que de noche quedaba
lo disfrutaron unidos
y aquellas cuatro paredes
que la habitación formaban
fueron los mudos testigos
de lo que dentro pasaba.
Ah¡ Si las piedras hablaran.

Cuántas noches de amoríos
han vivido aquellas piedras.
Cuántos ecos se han fundido
en esas paredes quietas.
Cuántos rumores de besos,
cuántas risas, cuántas quejas,
cuántas súplicas, cuántos rezos,
cuántos juramentos viejos
y cuántas nuevas promesas.

Noches de amor que han pasado
y que se recuerdan siempre;
son ausencias de lo amado
las nostalgias del presente.

Capítulo V

Nace una bella mañana

Al albor de la mañana
se despertaron las flores.
¡Era una bella mañana!
Cantaban los ruiseñores
posados en los jazmines.
Volaban por los jardines
mariposas de colores.
¡Las más bellas mariposas!
El aire se respiraba,
bajo aquel cielo azulado,
fresco, limpio y perfumado
con el aroma de rosas
que del jardín emanaba.

En el fondo del estanque
el astro rey sesteaba
y las aguas se mostraban
traslúcidas cual diamantes.

¡Cuánto recuerdo esos años
que ya nunca volverán!
Y que en mi pecho, hoy anciano,
grabados un día quedaron
para nunca regresar.

- Entonces le pregunte:
¿Usted vivió aquel ayer?

- Sí.

- ¿Y lo conoció a él?

- Sí -apenado me dijo-.
Era mi hijo.

Interpreté por sus gestos
lo que sufría su alma
naufraga de amor, de afecto,
mohína y atormentada.

Fue evidente que lloraba.
Brotaron densas lágrimas
que encharcaron su mirada
de cristalino azulado.
No quise yo decir nada
viéndolo en aquel estado.
Sé por propia experiencia
que los males de conciencia
duelen más cuando han curado.

Alzó su cabeza al punto
y algo en sus ojos brillaba.
Me dijo con voz callada:
- Me parece que fue ayer
que ocurrió todo este asunto.
Cuando el tiempo no importaba.
Cuando jugábamos juntos
las partidas de ajedrez
y se pasaban las horas
entre racimos de moras
y botellas de jerez.

- Sígame contando pues
con respeto le rogué,
si es que se puede saber
en qué concluye esta historia
que en ascuas me tiene usted.

- Te contaré cuanto sé,
me respondió animado,
si a ello accede mi memoria.
Mas es un cuento alargado;
luego no me lo reproches.

- Nada tengo ya que hacer
salvo escucharle esta noche.

- Cara virtud la paciencia.
Sírveme más de beber
y descubrirás el broche
de esta historia de reproches,
quimeras y penitencias.

- ¿Hay aquí un final feliz?
Pregunté.

- No lo sé. Tal vez sí,
respondió.

Su vaso llené otra vez
de aquel vino peleón.
Comenzó el viejo a beber
y el cuento continuó.

Capítulo VI

La búsqueda

A la mañana siguiente,
cuando escapó el caballero
de los brazos de Morfeo,
con resaca de aguardiente
y una fruición de trofeo
con carmín entre los dientes,
descubrió el contorneo
perfilado en el espacio
de unas caderas ausentes.

Ella no estaba con él.
La buscó por el palacio
pero ella no estaba en él.
La buscó por el jardín,
pero ella no estaba allí.

Se marchó de madrugada
siguiendo el mismo camino
por el que horas antes vino
y que termina en Granada.

Desde la mañana aquella
nunca volvió a ser el mismo.
No hablaba más que de ella;
siempre preso a una botella
la fe sólo halló en el vino.

Renegué de ser su padre
y a los que me preguntaban
que mi hijo, cómo estaba,
siempre igual les respondía:
“Para mi hijo ya es tarde...
Tal vez que lo fue algún día”.
Mas para mí muerto estaba.

Él abandonó su casa
y parte de su fortuna
la gastó sólo en buscarla.
Tras la estela de la luna
alcanzó todas la plazas.
Por mil caminos anduvo,
paró en todas las aldeas
y en los pueblos se detuvo,
de taberna en taberna,
preguntándole a la gente
si habían visto a una morena
gitanilla que bailaba
las canciones del oriente.

No hubo mesón ni posada
que a preguntar no pasara.
No hubo senda ni camino
que no peinara buscándola.

Caminó entre los molinos
de la mancha castellana.
Durmió bajo los hórreos
de la Galicia empapada.
Se perdió en los villorrios
de las sierras asturianas.

Allende nuestras fronteras
vio ríos de aguas heladas.
Habló lenguas extranjeras
y cuando no halló morada
durmió sobre las esteras
que llevaba a sus espaldas.

Y buscó sus negros ojos
en las nocturnas pensiones
de las veladas insomnes
empapeladas de rojo.
Y su melena rizada
en las olas plateadas
que cardan la mar serena
con rizos de espuma y agua.

Laboró de gondolero
los canales de Venecia.
Fue cantante de boleros
cinco semanas en Grecia.
Lo vieron en Indonesia
ejerciendo de torero.
Hay quien dice que en la Habana
combatió de guerrillero
y fue Teniente Primero
de un médico al que llamaban
Comandante Che Guevara.

Un año después lo vieron
beber de nuevo las mieles
del éxito y del dinero
haciendo de telonero
del mismísimo Elvis Presley.

Circunvaló el mundo entero
y dejó en todas partes
la memoria de su arte,
amigos y compañeros.

Sin más fortuna ni ropa
que lo que llevaba encima,
se volvió después a Europa
para ganarse la vida
de estibador en un puerto.

Durmiendo en una ciénaga,
en el norte de Bulgaria,
cayó enfermo de malaria
y estuvo seis días en cama.

Un humilde labrador,
que estaba el campo aventando,
fue quien su vida salvó:
entre el barro lo encontró
de las fiebres delirando
y a su casa lo llevó.

A la sexta noche en cama
se le apareció una dama
engalanada de negro, c
on la piel de porcelana
y los ojos como el fuego.

-¿Quién eres? Espectro inerte
¿Qué es lo que quieres de mí?

-Soy la dama de la muerte.
Y me han mandado a por ti.

- ¿Tan pronto me llega el fin?
Aún tengo cosas que hacer.
Aún no he vivido bastante.

- Allá arriba hay quien cree
que estás buscando matarte
y he venido por si acaso
pudiera en eso ayudarte.

- Quiero vivir. Hazme caso:
regresa más adelante.

- Como mandes, mas recuerda
que ya está tensa la cuerda
que te aprisiona el gaznate.

- No me agobies con monsergas:
para vivir nunca es tarde.

Se incorporó al momento
en el lecho sudoroso
para escapar al tormento
de aquella sombra que el viento
del delirio vaporoso
le metió en el pensamiento.

De pie junto a la ventana
esperó el nuevo día
que sigue a la madrugada.
Supo que el sol que salía,
en aquella tierra extraña,
era el mismo que lucía
en su amada Andalucía.

Y a la mañana siguiente
se regreso para España
tras despedirse de gente
a quien la vida adeudaba.

Capítulo VII

Una noche en una playa

Al filo de un par de años,
en unas fiestas que antaño
se celebraban en Huelva,
bailando sobre la arena
los aires de aquella juerga,
el caballero encontraba
a la muchacha morena
que su sueño desvelaba.

Él parecía cansado,
más maduro y sosegado.
Ella con indiferencia
no recordarle fingió.
Pero la lánguida esencia
de tristeza en su mirada
desvelaba que era amor
lo que su alma embargaba.

Se tornaron sus mejillas
de un púrpura bermellón.
Le temblaron las canillas.
La sangre se aceleró
y tañía su corazón
un ritmo de sofocón
cantando que enamorada
se encontraba la chiquilla.

Durante un eterno instante
a los ojos se miraron.
Él la tomó de las manos
y la besó vacilante.

Ella retiró la cara
dejándole en el aliento
carcajadas de bromuro
y su voz casi un susurro
dejó escapar un “te quiero”
que tras rasgar su garganta
quedó enganchado en el pelo,
deshilachado y moreno,
de su gitanilla amada.

Quiso por capricho el cielo
unas gotas derramar
que brillaron en el suelo
cual burbujas de metal.

En el malecón vacío
la arena desprendió
ese inconfundible olor
de la lluvia en el estío.

Él volvió a agarrar sus manos
y fijando la mirada
de los ojos de su amada
le dijo con entusiasmo:

- Hace ya casi dos años
que te alejaste de mí.
Aún el tiempo no ha curado
los desgarros del engaño
que aquella noche sentí.

-Aquello queda muy lejos:
yo nada te prometí.

- Aún recuerdo tu perfil
reflejado en el espejo.

- Mejor te olvidas de mí.

- Tal vez no puedo.
Tengo en el alma una herida,
un fuego que me devora
y un corazón que me llora
y que me arranca la vida.

Un fuego que tú encendiste.
Apágalo por favor,
que aquel placer que me diste
me está matando de amor.

El día que te marchaste
detrás de tí yo me fui.
Te busqué por todas partes
mas contigo yo no di.

Te busqué por las aldeas,
por los campos y los valles,
por el monte y las praderas,
por los pueblos y sus calles.

Para bien o para mal
ha sido hasta hoy mi sino
seguirte por los caminos
cual errante peregrino
que va en pos de un ideal.

- Por todos esos caminos
por los que tú me buscabas
yo de evitarte trataba
pues miedo de ti sentía,
miedo de tu amor tenía,
temor de que enamorada
me viera de ti algún día

.- Miedo por qué has de tener
si aquello tu desees
con el alma te daré:
puedo vestirte de oro,
regalarte mil tesoros,
de joyas cubrirte puedo
y un palacio compraré,
el más grande y el más bello
que exista en el mundo entero,
para que vivas en él.

Tendremos treinta sirvientes...

- Mas no es eso lo que quiero
ni me sirven de aliciente
tus dádivas de bisutero.

- Dime entonces qué deseas,
que comprenderte no puedo.
Yo te ofrezco lo que tengo
y te lo doy sin reservas,
sin chantaje inoportuno,
sin urgencias ni recelos.
A cualquier mujer del mundo
se la haría feliz con menos.

- Ya sé que no me comprendes
y esto es lo que nos separa.
Yo no te he pedido nada
de esto que ahora me ofreces.
No me importa tu dinero.
¿No ves que no lo deseo?
No me compres con trofeos.
Sólo ofréceme en tu alma
un rincón con almohada
donde descansar mi peso.
No me pidas que te cambie
mi libertad por tu bolsa
que resulta tan pesada
y no me hará más dichosa.

Mejor déjame que baile
esta nueva madrugada.
¿No consigues entender
que no quiero ser tu esclava?

- Nunca te quise ofender.
Siempre te mostré mis cartas,
mis anhelos y deseos
frente a frente, cara a cara.
Fui generoso y sincero.
Otra oportunidad quiero;
dime pues que debo hacer.

Capítulo VIII

Las prendas del amor

- Dentro de algunas semanas
el invierno llegará.
Pues bien.
Otro invierno como tal,
en los meses que vendrán
a inmolar los que ahora son,
en un antiguo mesón
de fachada de madera
yo te debo de esperar.
Si aún entonces me quisieras
a buscarme volverás.

- ¿Por qué ese plazo tan largo?
Acaso crees que el amor,
sumergido en el letargo
de un helado corazón,
es como un plato de cena
que va al refrigerador
y está una semana entera,
aterido en la nevera,
manteniendo su sabor.

- No.
Mas tampoco es el amor
como una fruta tardía
que va perdiendo sabor
con el paso de los días.

- ¿Cómo te voy a encontrar,
cómo sabré que me esperas,
quién me dirá dónde estás?

- Si me buscas me hallarás
bailando junto a un piano
en una antigua ciudad
de melancólicos barrios
y edificios de cristal
que reflejan el metal
de los cuerpos que a diario
visten el escapulario
del “nací para triunfar”.

Constringidos en su afán
de ganar el cielo a nado,
inmigrantes alienados
que naufragan en la mar
donde pescan los diablos.

- Yo conozco esa ciudad
y otras muchas como esa,
mas no comprendo, Princesa,
por qué este juego mordaz,
por qué esta ruleta rusa,
por qué ofrecerles excusasa
a los dioses del azar.

- Porque así debe de ser:
lo que te pide mi alma,
si para entonces me amas,
me lo tienes que traer.

- Dime mujer lo que es.

- Que entonces me ofrezcas quiero
tela azul de terciopelo
de diamantes salpicada,
que en la noche cubra el cielo
y de día esté apagada.

Ambiciono que le ofrezcas
a mi descanso y amparo,
una morada de barro
que huela cual hierba fresca:
sin mármoles y sin fiestas,
con una higuera en el patio
para dormir bien la siesta.

Y con niños y con patos
y con una chimenea
y un sillón cómodo y tierno
donde el frío no nos vea
las largas noches de invierno.

También quiero que me traigas
dos perlas azul de cielo
grabadas con un “Te Quiero”
y que no pueda tocarlas.

Cuando las prendas consigas
para siempre seré tuya.
Yo no seré ave huya
ni tú halcón que me persiga.
Sólo seremos dos almas
en un anhelo fundidas.

Después de esto la gitana
muy despacio se alejó
dejando sobre la playa
una estela con su olor.

Él le gritó “no te vayas”
y ella un beso le lanzó
que le golpeó la cara.
Se le quedó en la mirada
el enigma de su boca,
su melena alborotada
huyendo en la madrugada,
cuerpo de muñeca rota.
Un adiós que no esperaba,
una melodía sin notas.

Ni la tierra de las tumbas
muestra más triste fachada
ni a la puerta del infierno
se llama con peor cara.

Porque ni la húmeda tierra
ni el diablo en su morada
sintieron nunca la llama
del amor que en dolor cambia
la dicha que dentro encierra.

Capítulo IX

El reencuentro

- Ya casi un año ha pasado
de aquella noche lejana
y en esta rancia posada,
donde hoy nos encontramos,
esta noche se han de unir
los que entonces se alejaron.

- ¿Cómo sabe que es aquí;
esta fecha, este mesón?

- Hace tres noches con hoy,
que a este sitio estoy viniendo
y ya por seguro doy
que uno que esta allí bebiendo,
en las sombras ocultado,
es el hombre del que estoy
esta historia relatando.

En verdad así lo fue.
Se levantó de mi mesa
y se acercó junto a él.
Le acarició la cabeza
alborotándole el pelo.
Prendido de su mirada
confesó que arrepentido
penitente sin consuelo
por su ausencia se encontraba.

Le dijo con voz quebrada:
- Nunca dejarte debí
que de casa te marcharas.
Fue mi orgullo el culpable
de que, en aquel tiempo pasado,
de mi hijo renegara
sintiéndome enajenado.
Mas hoy sé que bien está
aquello que bien acaba;
Perdóname y ven acá
que quiero darte un abrazo.

Confuso quedó su hijo
temiendo no recordarle
y susurrándole dijo,
con voz temblorosa, - ¡Padre!

Ambos en pie se encontraban
y en sendos vasos de vino
su perdida unión buscaban.
Hablaban de que el destino
separa y junta caminos
como el mar gotas de agua.

La muchacha se unió a ellos
cuando su baile acababa
y los ojos los llevaba
de densas lágrimas llenos.

¡Qué emoción la de ese instante!
Cuánto se pueden decir
sin hablarse los amantes.
Es un pico de existencia
que justifica existir.
Es la vida en esencia
ese momento feliz.

Él la tomó entre sus brazos
y con fuerza la besó.
Fue este un beso apasionado,
un beso lleno de amor,
un beso cuyo calor
justificó las penurias
de los momentos pasados
entre tantas desventuras.

Un beso de los que sólo
se da uno en una vida.
Un bálsamo, un tesoro,
un encanto para el alma.
Un beso de los que salvan
a un hombre de su agonía.

Después de ese eterno instante
se separaron un metro.
Ella, le observó expectante.
Él, la contemplaba quieto.
Y sus ojos la miraron
de tan forma y tal manera
que si hubieran sido dientes,
empezando por los labios,
se la habrían comido entera.

Ella le dijo que hacía
semanas que lo esperaba
y el joven con simpatía
le rogó que se callara.

Le contó que había vagado
por las torpes liviandades
de los parajes reinados
por los dioses iracundos.
Que no era tan grande el mundo
ni tan grandes sus ciudades.
Que había visto confundirse
el oro con vil escoria
y en las cimas de la gloria
sintió las atrocidades
donde suelen redimirse
las grandezas de la historia.

Que el mundo le había curado
de sus vicios y sus males
y que en el tiempo había ahogado
sus ya pagados pecados
y encontró sus ideales.

Le dijo que aquellas prendas,
que aquella noche lejana
en aquella oscura playa,
le pidió que le trajera,
habían sido para él,
el motivo de su fe
y la cura de sus penas.

Que aquel azul terciopelo
de brillantes salpicado
era un estrellado cielo
una noche de verano.

Que una casa había comprado
en un olvidado valle
de una verde serranía,
donde juntos vivirían
hasta que el tiempo se pare.

Y que las azules perlas
sus azules ojos eran
y había en ellos un “Te Quiero”
grabado a sangre y a fuego
para que ella lo leyera.

Los tres cogidos del brazo
juntos del mesón salieron.
Yo volví a llenar mi vaso
y a luchar con mis recuerdos.

Aquel reencuentro, aquel beso,
endulzó mi ánimo amargo.
Sin prisa apure mi trago
y un brindis gasté por ellos.

Capítulo X

El final


Al cabo de poco rato
de aquel local me marchaba.
Era una noche cerrada.
De llover no había dejado
y los charcos de la calle
las farolas reflejaban
y las paredes de adobe
brillaban como enceradas
por la luz de los faroles.

Del alero de un tejado,
oculto en un callejón,
pesadas gotas caían
que al pegar contra un tablón
en el silencio se oía
la monótona canción:
tic, tac, tic, tac, toc...
tac, tac, tic, tac, toc...

Ahora que el tiempo ha pasado
aquel gris atardecer
lo recuerdo con nostalgia.
Yo encontré lo que buscaba
y fui feliz muchos años.

Pero nunca he olvidado
ni aquellos hermosos ojos
ni aquel cabello rizado,
ni el ensueño imaginado
de aquellos palacios moros,
ni la voz de aquel anciano.

Máximo Herrera




Resumen


Un tipo llega a un mesón con la intención de beber y olvidar. Allí se le presenta un viejo que, a cambio de una jarra de vino, le cuenta una historia. Ambos son hombres solitarios y bebedores solventes. La madrugada, el alcohol y la música los hermana durante unas intensas horas.
El anciano se percata de las ardientes miradas que su compañero de mesa dedica a la chica, una gitanilla, que está bailando sobre el escenario. Es entonces cuando se inicia el relato de una tensa historia de amor cuyo desenlace tiene lugar esa misma noche en ese mismo mesón.