La guarida del amor
La historia que voy a contar

sucedió un atardecer.
Silbaba iracundo el viento.
Volvía de nuevo a llover
sobre el asfalto grasiento
de las calles de mi ayer.
Huyendo de mis fantasmas
quise en la noche encontrar
alguien con quien compartir
el vino y la soledad.
Llegué a un antiguo mesón
en un sótano escondido.
Ante una rústica mesa,
bajo la luz de un farol,
mis recuerdos, mis promesas
y mis amores perdidos
naufragando en el olvido
de las primeras certezas.
La mezcla de tenue luz
con nubes de niebla azul,
caldeaba hasta detonar
la atmósfera del local,
de susurros y de risas
que me parecieron misas
en honor de un dios frugal.
En un oscuro rincón,
más que hombre sombra difusa,
un anciano con bastón
sumergía en el alcohol
los duendes de la razón
que escapan por las exclusas
que dan aire al corazón.
Al final de la mampara,
que barra y salón separa,
había un viejo piano
y un negro al piano había
y una vieja melodía
tocaban sus negras manos.
Y más allá del piano,
donde la luz era clara,
una muchacha bailaba
la música que tocaba
aquel músico cubano.
El fuego de su mirada
quemó el iris de mis ojos;
luceros de madrugada
que me hicieron desear
beberme sus labios rojos
de pecado original.
Y eternamente pecar.
Y redimirme a su antojo
esclavo de los despojos
de su perfume fatal.
Por mi frente descendían
turbias gotas de sudor,
cual arroyo de agua fría
que apagar quiere el ardor
que mis venas encendían.
Los encajes de su falda
parecían en la noche
la luz que atraviesa un broche
de pulidas esmeraldas;
calidoscopio de malvas
sin pesares ni reproches
donde se vuelca en derroche
su erótica desatada.
Ella, bailaba y reía.
Yo, bebía y la miraba.
Mentiría si ocultara
que mis antiguas heridas
traté con vino de ahogarlas.
Mas soñé que me quería;
¡delirios de madrugada!
Cuando más absorto estaba
contemplando a la muchacha,
el anciano del rincón
a mi mesa se acercó
como un ánima azorada
que atraviesa mala racha.
Me rogó que le invitara
y yo le pagué una jarra
de clarete de pitarra.
Con disculpas confesó
que aquel vino le aclaraba
su cansada y ronca voz
por los años maltratada.
Apenas había bebido
de vino medio jarrón
su voz se tornó un silbido,
sus ojos centellearon
y acariciando su vaso
esta historia me narró.
De los detalles del caso
que en su memoria brotaron
os cuento algunos retazos.
Otros me los guardo yo
